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lunes, 24 de agosto de 2026

El Chavo del 8: cuando la risa deja al descubierto la tristeza - Reseña

 

Por Francisco El Jimagua Cartagena Méndez

No tenía intención de analizar El Chavo del 8. YouTube simplemente cambió la programación que estaba viendo y durante aproximadamente una hora y media permanecí escuchando y, por momentos, observando una serie que conozco desde hace años. Me reí en algunas escenas, porque sería absurdo negar que El Chavo conserva una extraordinaria capacidad para provocar risa. Sin embargo, esta vez ocurrió algo diferente: no pude verlo como lo había visto incluso apenas un año atrás. La serie era la misma; quien había cambiado era el espectador.

Comencé a observar con mayor intensidad aquello que durante décadas formó parte natural de su estructura humorística. Bofetadas, golpes contra niños, acusaciones injustas, burlas relacionadas con la edad, el cuerpo, la pobreza o las capacidades de determinados personajes aparecían una y otra vez como mecanismos para producir risa. No hablo de encontrar una escena problemática dentro de cientos de episodios, sino de reconocer la reiteración de determinadas fórmulas. Cuando esas fórmulas se repiten durante años, resulta legítimo preguntarse dónde termina la representación humorística de una sociedad y dónde comienza la normalización de algunas de sus peores conductas.

No niego que El Chavo del 8 pueda interpretarse como un reflejo de desigualdades profundamente arraigadas en las sociedades latinoamericanas. La propia vecindad reúne diferencias económicas, conflictos cotidianos, relaciones comunitarias y expresiones de solidaridad que han sido objeto de análisis académico. David González Hernández (2019), por ejemplo, interpreta la vecindad como representación de una identidad comunal donde conviven precisamente lo colectivo, el conflicto y la solidaridad. (SciELO México) Mi cuestionamiento comienza en otro lugar: representar una realidad social no equivale necesariamente a cuestionarla, y mostrar solidaridad entre personajes tampoco resuelve automáticamente el balance estructural entre aquello que una obra denuncia y aquello que utiliza para producir entretenimiento.

Pensemos en una de las fórmulas más reconocibles del programa: Doña Florinda interpreta una situación, responsabiliza a Don Ramón y lo abofetea. Muchas veces el espectador sabe que Don Ramón no merece el golpe. Precisamente esa injusticia forma parte del mecanismo humorístico. La repetición consigue que el público conozca anticipadamente lo que sucederá y espere el golpe como culminación de la escena. Entonces aparece una pregunta que hoy me resulta imposible ignorar: ¿qué ocurre cuando una representación reiterada de violencia contra niños y adultos deja de necesitar justificación narrativa porque el propio público ya reconoce el golpe como remate humorístico esperado?

La pregunta se vuelve todavía más incómoda cuando apartamos momentáneamente las risas y observamos al protagonista. Un niño → huérfano → extremadamente pobre → frecuentemente hambriento → vulnerable → situado entre familias que no son la suya → expuesto a conflictos adultos → objeto frecuente de acusaciones y malentendidos → receptor ocasional de violencia → cuya mayor aspiración recurrente puede reducirse a comerse una torta de jamón. La caracterización del Chavo como niño huérfano, extremadamente pobre, hambriento y motivado por conseguir una torta de jamón aparece incluso recogida en la literatura académica que reconstruye la configuración del personaje. (SciELO México)

Y, sin embargo, también es querido.

Ahí está la contradicción extraordinaria del personaje. La misma comunidad que puede alimentarlo, acompañarlo e incorporarlo a determinados momentos de convivencia también puede acusarlo, malinterpretarlo, excluirlo o golpearlo. La solidaridad existe y sería intelectualmente injusto borrarla de una lectura contemporánea de la serie. Pero reconocerla tampoco obliga a concluir que compensa necesariamente la reiteración de aquellos mecanismos mediante los cuales la vulnerabilidad termina convertida en espectáculo cómico.

Algo semejante ocurre con otros personajes. El cuerpo del Señor Barriga es reiteradamente convertido en fuente de humor; la edad y apariencia de Doña Clotilde alimentan la caracterización de la «Bruja del 71»; la pobreza de Don Ramón es inseparable de las bromas alrededor de los meses de renta que adeuda; diferentes niveles de ingenuidad o inteligencia proporcionan material para burlas, engaños y humillaciones. Individualmente, cualquiera de estas escenas podría explicarse como un recurso cómico propio de su tiempo. Su acumulación, sin embargo, permite formular una pregunta cultural mucho más amplia.

No basta con determinar si El Chavo del 8 representó la pobreza, la violencia y la discriminación. Hay que observar cómo distribuyó estructuralmente la risa alrededor de ellas: cuándo la risa se dirigió contra el poderoso, cuándo acompañó al vulnerable y cuándo convirtió al propio vulnerable en objeto del gag.

Ese es, para mí, el punto crítico.

No necesito concluir que Roberto Gómez Bolaños pretendiera fomentar violencia, discriminación o maltrato para cuestionar los efectos de una fórmula repetida durante décadas. Una obra puede representar determinadas conductas, banalizarlas o normalizarlas sin que exista necesariamente una intención consciente de promoverlas. Precisamente por eso una crítica cultural no debería limitarse a intentar adivinar qué quiso decir el creador; también puede preguntarse qué hizo la obra, qué convirtió en recurrente y qué enseñó a reconocer como gracioso a generaciones enteras de espectadores.

Quizás por eso esta vez el personaje del Chavo me produjo más tristeza que risa. Debajo de sus torpezas, de su lenguaje, de los golpes, de los malentendidos y de la famosa torta de jamón permanece un niño cuya vulnerabilidad constituye una parte fundamental de la historia. El humor consigue durante largos períodos que olvidemos esa realidad. Cuando uno vuelve a verla, sin embargo, algunas escenas cambian radicalmente: dejamos de observar únicamente al personaje que provoca la carcajada y comenzamos a observar al niño que recibe el golpe.

Eso no significa borrar el enorme lugar que El Chavo del 8 ocupa en la cultura latinoamericana, ni negar los momentos en que consiguió hablar de amistad, comunidad, solidaridad o afecto. Precisamente porque su influencia ha sido extraordinaria merece una lectura capaz de convivir con el cariño sin renunciar al pensamiento crítico. Podemos habernos reído durante años y preguntarnos hoy de qué nos estábamos riendo. Podemos reconocer su importancia cultural y cuestionar simultáneamente algunos de los mecanismos que hicieron posible aquella risa.

Tal vez esa sea una de las experiencias más interesantes de regresar a una obra que nos acompañó durante años: la pantalla conserva las mismas imágenes, pero nosotros ya no somos exactamente los mismos espectadores.

Anoche volví a la vecindad.

Me reí por momentos.

Pero esta vez también vi al Chavo.  

Comentarios: eljimagua@live.com

 

lunes, 17 de agosto de 2026

Adultos Mayores - abandono y crisis de servicios esenciales en Puerto Rico

Por: Francisco “El Jimagua” Cartagena Méndez

Periodista Independiente – Activista de Derechos Humanos

¿Quién lleva agua al adulto mayor que vive solo cuando algún servicio básico desaparece durante varios días? ¿Quién verifica si tiene medicamentos, alimentos y electricidad para conservar aquello de lo que depende su salud? ¿Y quién sabe siquiera que está solo?

La autonegligencia en los adultos mayores constituye un problema de salud pública que afecta a millones de personas y que, con frecuencia, permanece oculto o no es identificado. El fenómeno puede manifestarse cuando una persona mayor deja de satisfacer adecuadamente necesidades esenciales relacionadas con su alimentación, higiene, atención médica, seguridad o entorno. Por esa razón, profesionales de la salud y, particularmente, quienes trabajan directamente en las comunidades ocupan una posición importante para identificar señales de riesgo e intervenir oportunamente.

Sin embargo, la autonegligencia no debe confundirse con otras formas de abandono o maltrato. La Organización Mundial de la Salud reconoce que el maltrato hacia las personas mayores puede incluir abuso físico, psicológico o emocional, sexual y financiero, además de negligencia y abandono. La distinción es importante: mientras la autonegligencia se relaciona con la incapacidad o ausencia de autocuidado de la propia persona, la negligencia y el abandono pueden involucrar la falta de atención por parte de quienes tienen una responsabilidad o relación de confianza con ella.

La dimensión del problema adquiere mayor importancia ante el acelerado envejecimiento de la población mundial. La Organización Mundial de la Salud estima que la población de 60 años o más, que alcanzaba alrededor de mil millones de personas en 2019, aumentará a 1,400 millones en 2030 y 2,100 millones en 2050. Este proceso demográfico exige adaptar los sistemas de salud y cuidado, pero también la vivienda, el transporte, las comunidades y otras estructuras sociales a las necesidades de una población progresivamente envejecida.

Puerto Rico enfrenta este desafío de manera particularmente visible. El Índice de Vejez, que compara la población de 65 años o más con la población menor de 15 años, alcanzó 168 en 2020; es decir, había aproximadamente 168 personas de 65 años o más por cada 100 menores de 15 años. Para 2025, el indicador aumentó a 237. En apenas cinco años, el Índice de Vejez aumentó aproximadamente 41 %, según el Instituto de Estadísticas de Puerto Rico (2026).

El abandono de adultos mayores en Puerto Rico no constituye únicamente una preocupación social, sino una realidad documentada mediante cifras oficiales. Datos del Departamento de la Familia indican que, desde julio de 2017, la agencia ha atendido 5,762 casos de adultos mayores abandonados en hospitales. El año fiscal 2024-2025 registró 1,018 casos, la cifra más alta del periodo, mientras que durante los primeros diez meses del año fiscal 2025-2026 se habían contabilizado otros 675 casos hasta el 24 de abril de 2026.

Aunque esta última cifra representaba una reducción respecto al periodo anterior, la persistencia y magnitud del fenómeno evidencian una problemática social que continúa requiriendo atención sostenida y respuestas públicas capaces de atender las circunstancias económicas, familiares y sociales que pueden colocar a esta población en situaciones de abandono/

Adultos Mayores y la Crisis del Agua en Puerto Rico

Quisiera iniciar esta sección con una pregunta que, por su urgencia ética y ciudadana, todos deberíamos hacernos:

¿Puede llamarse resiliente una sociedad que responde a una emergencia dependiendo de que cada persona tenga automóvil, fuerza para cargar agua, que tenga disponible dinero, movilidad, familia y alguien que se acuerde de ella?

En una población con estas características, una interrupción prolongada del servicio de agua potable no afecta a todos por igual. Para una persona mayor —particularmente si vive sola, posee limitaciones de movilidad o carece de una red familiar cercana— conseguir, transportar y almacenar agua puede convertirse en un problema cotidiano de seguridad y salud. La experiencia posterior al huracán María ofrece evidencia de esta vulnerabilidad. Una investigación publicada en ACS ES&T Water estudió a 208 adultos mayores de Puerto Rico, entre 64 y 104 años, para examinar la relación entre las fuentes de agua potable y la resiliencia después del desastre. El 86 % utilizaba agua embotellada como fuente de consumo, mientras el 71 % reportó utilizar también agua del sistema municipal. Los investigadores destacaron que los desastres naturales afectan tanto la disponibilidad como la confiabilidad del agua potable y pueden dificultar el acceso a cantidades suficientes y seguras.

La vulnerabilidad se extiende además al sistema eléctrico. Una investigación publicada en 2026 en BMC Public Health, realizada por un equipo de investigadores con 60 participantes adultos de zonas rurales de Puerto Rico, encontró que la inseguridad energética durante los apagones puede interrumpir el funcionamiento de equipos médicos esenciales y la refrigeración de medicamentos, además de dificultar el manejo de condiciones crónicas como la diabetes y las enfermedades respiratorias.  

Los participantes también describieron un aumento del estrés psicológico durante las interrupciones eléctricas. En un Puerto Rico cada vez más envejecido, las crisis de agua y energía dejan de ser únicamente problemas de infraestructura: para determinados adultos mayores pueden convertirse directamente en problemas de salud, autonomía y supervivencia cotidiana.

Propuestas para una Política de Acompañamiento y Protección de los Adultos Mayores

Reconocer la vulnerabilidad de los adultos mayores no es suficiente si ese reconocimiento no se traduce en mecanismos concretos de prevención, acompañamiento y respuesta. Puerto Rico necesita avanzar hacia una política que permita conocer dónde se encuentran las personas mayores más vulnerables, cuáles son sus necesidades y cómo responder antes de que una emergencia las coloque en peligro. Entre las medidas que deberían considerarse se encuentran:

  • Identificación de adultos mayores que viven solos: desarrollar, con participación de municipios, comunidades y agencias pertinentes, mecanismos voluntarios y actualizados que permitan identificar a personas mayores que viven solas, carecen de una red de apoyo cercana o presentan limitaciones que puedan aumentar su vulnerabilidad durante una emergencia.
  • Monitoreo y acompañamiento periódico: establecer programas de seguimiento comunitario para conocer periódicamente las condiciones de vida de adultos mayores identificados como vulnerables, prestando especial atención al acceso a alimentos, agua potable, medicamentos, electricidad, higiene, movilidad y otras necesidades básicas del diario vivir.
  • Educación para el autocuidado y preparación ante emergencias: ofrecer orientación periódica y accesible sobre técnicas de autocuidado, almacenamiento seguro de agua y alimentos, manejo y conservación de medicamentos, preparación para interrupciones de servicios esenciales y mecanismos disponibles para solicitar asistencia.
  • Protocolos especiales durante interrupciones de agua y electricidad: crear sistemas de respuesta que permitan contactar prioritariamente a adultos mayores vulnerables cuando ocurran apagones, racionamientos o interrupciones prolongadas del servicio de agua, particularmente cuando dependan de equipos médicos eléctricos, medicamentos refrigerados o tengan dificultades de movilidad.
  • Redes comunitarias de apoyo al adulto mayor: fortalecer la colaboración entre municipios, organizaciones comunitarias, profesionales de la salud, vecinos y familiares para establecer redes locales capaces de detectar necesidades, reducir el aislamiento y movilizar ayuda cuando una persona mayor no pueda abastecerse por sí misma.
  • Sistema de alerta y seguimiento interagencial: establecer mecanismos de comunicación entre las agencias responsables de servicios sociales, salud y manejo de emergencias para que los casos de mayor vulnerabilidad puedan ser identificados y atendidos oportunamente, evitando que una persona tenga que llegar al abandono, la hospitalización o una crisis para que el Estado conozca su situación.

A modo de conclusión, sería prudente expresar que el abandono no necesariamente comienza cuando una familia deja solo a un adulto mayor; también puede adquirir una dimensión institucional cuando diseñamos respuestas a emergencias suponiendo que toda persona puede hacer fila, cargar agua, desplazarse, pedir ayuda o contar con alguien que llegue a su casa. En ese punto, la omisión deja de ser logística y se convierte en una forma de violencia estructural. Un país que no planifica para quienes menos pueden, termina profundizando la desigualdad que dice querer atender. Y al final de todo este recorrido, quienes aún no formamos parte de la población de adultos mayores —pero inevitablemente nos acercamos a esa puerta— debemos preguntarnos qué país encontraremos al abrirla: uno que nos reciba con mayor aptitud física, emocional y comunitaria, o uno que nos obligue a enfrentar la vejez con las mismas carencias que hoy denunciamos.

Comentarios: eljimagua@live.com  

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Nota Editorial de NotiDigitalPR

Desde NotiDigitalPR [Prensa Independiente} observamos con preocupación que la realidad de los adultos mayores en Puerto Rico continúa siendo un asunto insuficientemente atendido dentro de las prioridades públicas del país. Durante décadas, administraciones de distintos partidos —rojas y azules— han desarrollado programas, iniciativas y esfuerzos dirigidos a esta población; reconocerlos es necesario. Sin embargo, también lo es reconocer que esos esfuerzos no han sido suficientes para responder a una transformación demográfica que hace años dejó de ser una proyección futura para convertirse en nuestra realidad presente.

Hoy Puerto Rico tiene una población considerablemente más envejecida que hace una década y, con ello, una cantidad creciente de personas expuestas a la soledad, la pobreza, las dificultades de movilidad y las consecuencias de interrupciones prolongadas de servicios esenciales como el agua y la electricidad. Que nuestros adultos mayores sean hoy más vulnerables ante estas circunstancias que años atrás no puede presentarse como progreso. Es un retroceso social que exige atención con sentido de urgencia.

El envejecimiento de Puerto Rico requiere algo más que programas aislados o respuestas que se activan cuando ocurre una emergencia. Requiere planificación pública sostenida, coordinación entre agencias, municipios, comunidades y organizaciones, así como políticas capaces de identificar y acompañar a quienes viven solos o carecen de redes de apoyo.

Una sociedad también se mide por la manera en que protege a quienes ayudaron a construirla. Puerto Rico no puede continuar envejeciendo mientras sus políticas públicas permanecen rezagadas frente a esa realidad.Francisco J. Cartagena Méndez —NotiDigitalPR.

 






sábado, 15 de agosto de 2026

El agua no tiene ideología pero su ausencia deja marcas en el pueblo: propuesta ciudadana ante una crisis que Puerto Rico ya conocía

Columna de opinión periodística e investigativa

Por: Francisco J. Cartagena Méndez

Periodista Independiente, Activista de Derechos Humanos

Un Árbol de Solución de Problemas (ASP) es una herramienta utilizada en planificación, desarrollo y contextos humanitarios para identificar un problema central, establecer sus causas y consecuencias y convertir ese diagnóstico en respuestas organizadas.

Aplicarlo a la crisis del agua permitiría a Puerto Rico dejar de reaccionar exclusivamente ante la avería inmediata y examinar las condiciones estructurales que durante años nos han conducido hasta aquí. La premisa es sencilla: si conocemos las raíces del problema, podemos intervenir antes de que sus consecuencias vuelvan a convertirse en emergencia. Entre esas raíces se encuentran factores como las pérdidas físicas de agua, la infraestructura envejecida, el mantenimiento insuficiente, la falta de medición y transparencia y la desigualdad en la capacidad de respuesta comunitaria.

El ASP permite descomponer la crisis en causas específicas, rutas de acción y decisiones verificables, en lugar de quedarnos en explicaciones generales. En términos prácticos:

  • Identifica las causas raíz: permite distinguir entre fallas de infraestructura, problemas de gestión, sequía, corrupción o falta de mantenimiento.
  • Ordena las dependencias: muestra qué problemas deben atenderse primero para que otras intervenciones puedan ser efectivas.
  • Aclara responsables y puntos de intervención: permite vincular acciones concretas con agencias, municipios y comunidades.
  • Reduce la ambigüedad pública: transforma una crisis compleja en un mapa visual que permite comprender qué está ocurriendo, por qué ocurre y qué puede hacerse.

Un Árbol de Solución de Problemas, sin embargo, no debería detenerse en las raíces estructurales: también debe mostrar a quiénes alcanzan sus ramas. Según los criterios de vulnerabilidad señalados por UNICEF y aplicados a la realidad de Puerto Rico, esas ramas incluyen a adultos mayores, personas encamadas o con movilidad limitada, familias de escasos recursos, comunidades que enfrentan interrupciones prolongadas y escuelas

Ese sufrimiento tampoco llegó de repente. En 2015, durante otra gran sequía, el geomorfólogo José Molinelli advertía que el reto del país era proteger sus fuentes y manejar eficientemente el recurso. Ese mismo año señalaba que más de la mitad del agua podía perderse debido al deterioro de la infraestructura y las filtraciones. Once años después, un informe oficial citado en medio de la crisis de 2026 calcula que la AAA produce alrededor de 513 millones de galones diarios y pierde físicamente unos 267 millones: aproximadamente el 52 %.

No se puede administrar lo que no se mide. Cambian las administraciones, pero permanece la pérdida de agua potable. Por eso, mi primera propuesta ciudadana es realizar una auditoría técnica integral de la red de distribución que permita determinar, sector por sector, dónde, cómo y cuánto se pierde.

 

Tampoco faltaron advertencias sobre las fuentes de abasto. También en 2015, científicos y especialistas describían una paradoja: Puerto Rico recibe abundante precipitación y posee importantes recursos superficiales y subterráneos, pero captura y administra deficientemente una parte considerable de ellos. El hidrólogo Sigfredo Torres González resumió entonces que en Puerto Rico había mucha agua, pero se capturaba muy poca; entre los problemas identificados estaban embalses pequeños y sedimentados y la escasez de proyectos para capturar agua en las montañas. En 2019, Molinelli volvía a advertir que ni siquiera se conocía adecuadamente la capacidad real de acumulación de algunos de los principales embalses después del huracán María. No estamos, pues, ante advertencias surgidas ayer. Estamos frente a conocimiento acumulado que demasiadas veces parece desaparecer cuando cambia una administración.

 

Los dragados de los embalses también deben formar parte de una estrategia hídrica a largo plazo.  Décadas de sedimentación reducen progresivamente su capacidad de almacenamiento y, con ello, el agua disponible durante periodos de poca lluvia. En 2022 se advertía que Carraízo llevaba 25 años sin un dragado completo, mientras continuaban las enormes pérdidas de agua en la red. Recuperar capacidad en nuestros embalses es necesario, pero de poco servirá almacenar más agua si después permitimos que una parte sustancial se pierda antes de llegar al pueblo.

La realidad es que el agua no tiene ideología ni partido político. Precisamente porque parte de ese conocimiento lleva décadas acumulándose, un Consejo Asesor de Emergencia Hídrica podría reunir la memoria institucional de exdirectores, ingenieros y trabajadores de la AAA con hidrólogos, científicos y universidades. En noviembre de 2018, el hidrólogo Ferdinand Quiñones advirtió que debía reducirse la descarga del embalse Guajataca ante la disminución de las lluvias; meses después, ya en 2019, más de 200,000 personas enfrentaron racionamiento. Y en 2026 reaparecen alertas técnicas antiguas: Greg Morris había señalado la caída del rendimiento firme del Superacueducto y recomendado rehabilitar pozos estratégicos para sequías y emergencias. Escuchar a quienes conocen el sistema no debería depender del partido que ocupe La Fortaleza.

 

Puerto Rico debería avanzar hacia un Sistema Inteligente de Monitoreo Digital que convierta la medición continua y la detección temprana en parte central de la operación diaria de la AAA y permita localizar fugas, detectar cambios anormales de presión, anticipar averías, monitorear el consumo y priorizar reparaciones. Lo ideal sería contar con una modernización que permita medir cuántas averías se evitan, cuánta agua dejamos de perder y qué resultados produce cada dólar invertido. Las agencias pertinentes deben sustituir la costumbre de administrar las crisis que afectan al pueblo por la disciplina de administrar bien el agua, porque es una necesidad vital y, por eso, tiene que llegar.

 

A esa tecnología debe acompañarla una transparencia igualmente moderna, por lo que un Portal Público de Transparencia Hídrica debería formar parte de las posibles soluciones a mediano y largo plazo. Un portal donde cualquier ciudadano pueda consultar producción de agua, pérdidas estimadas, averías, proyectos, costos, fechas de terminación y cumplimiento de metas, y donde esa información alimente auditorías independientes y evaluaciones públicas cada seis meses. Pero modernizar la infraestructura existente no impide desarrollar resiliencia desde las comunidades ni explorar nuevas fuentes complementarias.

 

Otra estrategia de resiliencia podría ser establecer recolectores comunitarios de agua —sistemas comunitarios de captación y reserva— ubicados estratégicamente en zonas vulnerables, incluyendo comunidades cercanas a embalses que históricamente alcanzan niveles críticos durante periodos de sequía y calor extremo. Estos sistemas permitirían atender necesidades básicas cuando las interrupciones golpeen con mayor fuerza, particularmente entre poblaciones con menos recursos para comprar cisternas de almacenamiento o para adquirir agua por su cuenta. Su valor pudiera medirse en si logran reducir la desigualdad que aparece cada vez que una crisis obliga a unas familias a comprar agua mientras otras simplemente tienen que esperar.

 

Atrapanieblas: una alternativa que Puerto Rico debería estudiar

 

La captación de agua de niebla mediante atrapanieblas ya se usa en distintos países y podría explorarse como fuente complementaria para Puerto Rico. Estudios reportan rendimientos entre 1 y 10 litros por metro cuadrado de malla al día, dependiendo del viento y las condiciones atmosféricas. En Chile, investigaciones recientes han mostrado hasta 10 litros diarios con aplicaciones para consumo humano, riego y agricultura hidropónica. Europa también ofrece precedentes: el proyecto LIFE NIEBLAS en Gran Canaria ha demostrado utilidad en restauración forestal y ha desarrollado colectores más resistentes, capaces de operar de forma pasiva sin requerir energía externa.

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Para Puerto Rico, la vía razonable sería iniciar proyectos piloto en microclimas montañosos donde la niebla y el viento favorezcan la captación. Antes de pensar en una adopción mayor, habría que medir volúmenes reales de agua, calidad, costos, mantenimiento y resistencia ante el clima local, además del costo final por litro. Los atrapanieblas no sustituirían a la AAA ni resolverían por sí solos la crisis hídrica; serían una pieza adicional dentro de una estrategia de diversificación y resiliencia. La pregunta clave no es si funcionan en Chile o Canarias, sino si pueden hacerlo eficientemente aquí.

 

Después de revisar advertencias históricas, alternativas técnicas, propuestas comunitarias y posibilidades de innovación, queda una pregunta que el país no debería seguir posponiendo: si un periodista independiente sin formación especializada en ingeniería hídrica puede identificar el problema, buscar antecedentes, localizar advertencias científicas, estudiar experiencias internacionales, formular alternativas y proponer un mecanismo para probarlas, ¿por qué una corporación pública con técnicos, ingenieros, presupuesto, datos y décadas de experiencia no puede sostener públicamente un proceso semejante de investigación, experimentación y planificación a mediano y largo plazo?

 



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